¿Reducir el tiempo recreativo frente a pantallas hace que los niños sean más activos? Esto encontró un ensayo danés
Un ensayo aleatorizado danés observó que los niños se movían más después de que sus familias redujeran drásticamente el uso recreativo de pantallas durante dos semanas. El resultado es real, pero no justifica prohibiciones universales.
Un titular de salud viral puede hacer que un estudio parezca más sencillo de lo que fue: quita el teléfono y la tableta de un niño y aparecerá casi una hora de movimiento. Eso se aproxima a lo que encontró un ensayo aleatorizado danés. Pero no equivale a demostrar que todos los niños necesitan una prohibición estricta de las pantallas, que las pantallas sean intrínsecamente perjudiciales o que un experimento de dos semanas prediga la salud a largo plazo.

El estudio merece una revisión porque puso a prueba una pregunta que muchos padres plantean en términos prácticos: si disminuye el uso recreativo de pantallas, ¿ese tiempo se convierte en actividad o simplemente en otra forma de estar sentado? En este grupo concreto, la respuesta fue que los niños pasaron más tiempo libre moviéndose. El cambio fue notable. El diseño, la población y el seguimiento breve importan tanto como la cifra.
Por eso, el veredicto basado en la evidencia es condicional: reducir los medios digitales recreativos puede abrir espacio para más actividad física, al menos durante un periodo corto en familias preparadas para hacer un cambio importante que abarque todo el hogar. El ensayo no establece una cifra universal de tiempo de pantalla, un tratamiento para problemas de conducta o de peso, ni una regla que deba aplicarse sin tener en cuenta la edad, las necesidades, las tareas escolares, la discapacidad, las relaciones y las circunstancias familiares del niño.
Qué puso a prueba realmente el estudio
La investigación fue un ensayo clínico aleatorizado por conglomerados conocido como ensayo SCREENS y publicado en JAMA Pediatrics. Los investigadores reclutaron a 89 familias de 10 municipios daneses. En conjunto, las familias incluían a 181 niños y 164 adultos. La mayoría de los niños estaba en edad escolar, con una edad media aproximada de nueve años en el grupo de control y de 8,6 años en el grupo de intervención. La muestra no representaba al azar a todos los niños: los hogares participantes ya tenían un uso recreativo de pantallas superior al percentil 40 de la población de referencia, y el progenitor que respondía debía trabajar o estudiar a tiempo completo.
Las familias fueron asignadas a grupos, en lugar de limitarse a ser observadas. Cuarenta y cinco familias entraron en una intervención en la que se pidió a cada persona reducir los medios digitales recreativos a un máximo de tres horas semanales durante dos semanas. Los teléfonos inteligentes y las tabletas se entregaron al equipo de investigación para guardarlos, aunque el protocolo permitía un acceso limitado para comunicaciones necesarias. Otras 44 familias mantuvieron sus hábitos habituales y sirvieron como grupo de comparación.
La diferencia es importante. Un estudio observacional podría encontrar que los niños que usan menos pantallas son más activos, pero no puede determinar con facilidad si el uso de pantallas causó la diferencia. Quizá los niños activos elijan las pantallas con menor frecuencia, o tal vez las familias con más espacio al aire libre, tiempo y apoyo se muevan más y también utilicen menos pantallas. La asignación aleatoria ayuda a separar la intervención de esas diferencias de fondo, aunque no elimina todas las limitaciones.
Los investigadores midieron el movimiento con acelerómetros colocados en el muslo y la cintura, en vez de basarse únicamente en la estimación del propio niño sobre su actividad. También midieron el sueño con un dispositivo de electroencefalografía de un solo canal. El resultado principal fue la actividad no sedentaria durante el tiempo libre: el tiempo dedicado a algo distinto de estar sentado o tumbado durante las horas recreativas.
El ensayo era deliberadamente exigente. No consistía en recordar amablemente que había que dejar los dispositivos durante la cena. La intervención cambió la rutina digital de todo el hogar, lo que permite comprobar si una reducción grande modifica lo que hacen después los niños. También hace difícil convertir el resultado directamente en una regla familiar corriente.
La cifra del titular y lo que significa
Entre los niños con datos completos para el resultado principal, el grupo de intervención aumentó el tiempo libre no sedentario en una media de 44,8 minutos diarios. El grupo de control cambió aproximadamente un minuto al día. En el análisis por intención de tratar, la diferencia entre grupos fue de 45,8 minutos diarios, con un intervalo de confianza del 95 % de 27,9 a 63,6 minutos.
Es una diferencia significativa, no un error de redondeo. Los investigadores también comunicaron un aumento de la actividad física de intensidad moderada a vigorosa, pero fue mucho menor que el aumento total del tiempo no sedentario: unos 8,8 minutos diarios en un análisis post hoc. Es decir, la mayor parte del tiempo adicional no fue necesariamente deporte intenso. Podía incluir caminar, estar de pie, jugar tranquilamente y otros movimientos que no alcanzan el umbral de actividad moderada o vigorosa.
Los cambios durante el fin de semana fueron mayores que los observados entre semana. Es razonable: los fines de semana contienen más tiempo discrecional y las pantallas de entretenimiento pueden competir directamente con el juego al aire libre, los recados o las actividades familiares. También es una advertencia contra la conversión del resultado en la afirmación de que quitar las pantallas produce casi una hora de ejercicio diario para todos los niños.
El estudio no mostró una mejora significativa en las medidas objetivas del sueño infantil. Este dato importa porque las conversaciones sobre el tiempo de pantalla suelen mezclar varios resultados. Usar menos pantallas puede modificar la actividad sin cambiar el sueño en un experimento breve. Un resultado sobre movimiento no puede utilizarse como evidencia de mejor sueño, menor peso, mayor atención o mejor salud mental si esos resultados no se midieron y respaldaron por separado.
Por qué la aleatorización refuerza el resultado
La parte más sólida de la evidencia es la comparación básica del ensayo. Las familias fueron asignadas a los dos grupos y el resultado principal se midió objetivamente. Los investigadores también comunicaron una adherencia alta: 83 niños, el 97 % de los niños del grupo de intervención, cumplieron el umbral de reducción de pantallas establecido por el protocolo. Un cambio muy grande que los participantes realmente siguen permite comprobar si la conducta puede cambiar cuando cambia el entorno.
El ensayo utilizó a la familia como unidad de intervención. Los niños no controlan todo su acceso a los medios y los hábitos de los padres influyen en lo que está disponible en casa. Al pedir también la participación de los adultos, el estudio no colocó toda la carga sobre los niños. Eso puede explicar en parte que la intervención fuera viable para las familias seleccionadas.
Aun así, la aleatorización no convierte un estudio en universal. El ensayo duró solo dos semanas. Los niños y los padres sabían a qué grupo pertenecían. Las familias dispuestas a entregar sus dispositivos durante un breve periodo de investigación pueden ser distintas de aquellas para las que esa medida sería imposible o indeseable. El estudio se realizó en Dinamarca y casi todos los niños participantes eran de origen danés. Los resultados podrían ser diferentes en lugares donde cambien la vivienda, el clima, los horarios escolares, el transporte, la seguridad del barrio y el acceso a parques.
También existe una cuestión de medición. Los acelerómetros son útiles para cuantificar el movimiento, pero no pueden explicar en qué consistió, si fue agradable o si continuó después de que se devolvieran los dispositivos. Un breve efecto de novedad puede cambiar temporalmente la conducta. El estudio respalda un efecto causal a corto plazo de la intervención; no demuestra una transformación permanente del estilo de vida.
¿Es una sola cosa el «tiempo de pantalla»?
No. El ensayo se centró en los medios digitales recreativos, incluidos la televisión, las tabletas, los teléfonos inteligentes y los ordenadores. No estaba evaluando las tareas escolares, la tecnología de apoyo a la accesibilidad, la telemedicina, las videollamadas con familiares, la producción creativa ni todas las formas de medios interactivos por separado.
Dos horas de un juego cooperativo con amigos, un vídeo utilizado para un proyecto escolar, una videollamada con un abuelo y el desplazamiento solitario por contenidos seleccionados por un algoritmo pueden aparecer como minutos de pantalla, aunque cumplan funciones distintas. También pueden desplazar actividades diferentes. Una cifra estricta de tiempo total puede ocultar la pregunta más importante: ¿qué está reemplazando la pantalla y qué impide hacer?
El ensayo creó deliberadamente una condición de uso muy bajo para poner a prueba el mecanismo. No nos dice si reducir una hora, cambiar el momento del día, retirar las pantallas de los dormitorios o sustituir la visualización pasiva por un uso creativo compartido produciría el mismo resultado. Son intervenciones distintas.
Aquí es donde la versión viral del hallazgo se vuelve engañosa. «Una reducción de dos semanas del uso recreativo de pantallas en todo el hogar aumentó el tiempo libre no sedentario medido objetivamente en niños de una muestra danesa seleccionada» es exacto, pero poco manejable. «Quita las pantallas y los niños hacen ejercicio durante una hora» es memorable, pero generaliza en exceso.
¿Qué ocurre con la conducta y la salud mental?
Un análisis posterior del mismo ensayo aleatorizado examinó las dificultades conductuales y el comportamiento prosocial. Comunicó una mejora estadísticamente significativa en la puntuación total de dificultades en el grupo que redujo las pantallas, con las mayores diferencias en los síntomas internalizantes y la conducta prosocial. Es un contexto relevante, pero sigue siendo un análisis secundario de la misma intervención breve, no una prueba independiente de que restringir las pantallas trate la ansiedad, la depresión, los problemas de atención u otras afecciones.
Las medidas se basaban en cuestionarios y los adultos sabían qué intervención habían recibido. Eso puede influir en las valoraciones, incluso cuando el estudio está cuidadosamente diseñado. Un pequeño cambio medio en un grupo tampoco permite predecir qué ocurrirá a un niño concreto. Las medias de investigación sirven para valorar efectos a nivel poblacional; no constituyen una evaluación personal.
Por motivos similares, el ensayo no debe utilizarse para descartar el malestar, los problemas de sueño, las dificultades de concentración o los cambios de conducta de un niño como «simplemente demasiado tiempo de pantalla». Esos síntomas pueden tener muchas causas. Un niño con cambios persistentes o preocupantes merece la atención de un profesional sanitario adecuado, sobre todo si existen enfermedades, preocupaciones del desarrollo, dudas sobre medicamentos o efectos importantes en la vida diaria.
Cómo encaja el hallazgo con las recomendaciones generales
Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para niños y adolescentes de 5 a 17 años hacen hincapié en la actividad física habitual y en reducir el tiempo sedentario, al tiempo que reconocen que la conducta sedentaria es solo una parte de un día de 24 horas que también incluye el sueño. La recomendación se refiere a un patrón saludable, no a un único límite mágico que determine si un niño está bien.
La OMS define la actividad física de forma amplia: el juego, el deporte, el transporte activo, la educación física y las tareas domésticas pueden contar. Esto importa al interpretar el resultado danés. El tiempo adicional no sedentario no tenía que parecerse al ejercicio organizado para ser relevante. Podía proceder de movimientos cotidianos que ocuparon el espacio antes dedicado a los medios recreativos.
La Academia Estadounidense de Pediatría también plantea el uso de medios alrededor de un plan familiar, en lugar de una regla única para todos los niños mayores y adolescentes. Sus recomendaciones actuales animan a las familias a considerar la edad y el desarrollo del niño, el contenido y la finalidad de los medios, el sueño, la actividad física, las responsabilidades escolares, las relaciones y los propios hábitos de los adultos. También sugiere crear zonas o momentos sin pantallas y revisar el plan cuando cambien las circunstancias.
Estos marcos son compatibles con el ensayo, pero no están dictados por él. El estudio aporta apoyo experimental a la idea de que el uso recreativo de pantallas puede desplazar el movimiento. No sustituye el criterio individualizado sobre para qué utiliza los medios un niño ni sobre lo que una familia puede cambiar de forma realista.
Una forma más adecuada de leer el resultado
Una lectura útil de la evidencia tiene cuatro partes.
Primero, la afirmación cuenta con una base experimental real. En este ensayo, una reducción importante de los medios recreativos fue seguida de más actividad libre no sedentaria medida objetivamente en los niños. La diferencia fue de aproximadamente 46 minutos diarios frente al grupo de control.
Segundo, importa el tamaño de la intervención. El protocolo redujo el uso a tres horas semanales, no a tres horas diarias. Los dispositivos se retiraron de la rutina habitual del hogar y participaron los adultos. Por tanto, el estudio examina qué ocurre después de un cambio ambiental fuerte, no después de un recordatorio informal.
Tercero, importa el resultado medido. El resultado más claro fue un aumento del movimiento, especialmente de la actividad de intensidad baja a moderada. El ensayo no demostró que los niños mejoraran su condición física, perdieran peso, durmieran mejor o obtuvieran beneficios duraderos para la salud mental. Tampoco mostró que la actividad adicional procediera de un único reemplazo preferido, como el deporte o el juego al aire libre.
Cuarto, importa el horizonte temporal. Dos semanas pueden mostrar que la conducta es flexible. No pueden responder si el efecto dura meses, cómo se adaptan las familias cuando una regla se vuelve habitual o si un enfoque menos intenso funcionaría casi igual de bien.
Un veredicto conciso sería: hay respaldo para un efecto breve sobre la actividad bajo una intervención doméstica exigente; no es evidencia de una prohibición universal ni de una prescripción fija de tiempo de pantalla.
Lo que la evidencia no puede decirle a un padre
El ensayo no puede indicar a un padre exactamente cuántos minutos de medios recreativos son adecuados para un niño concreto. No puede determinar si un niño debería perder el acceso a un dispositivo, una aplicación o un juego específico. No puede demostrar que retirar los medios sea mejor que cambiar su contenido, el momento de uso o el contexto social. Tampoco puede predecir si un niño con discapacidad, una enfermedad crónica, una diferencia del neurodesarrollo o un horario familiar poco habitual responderá del mismo modo.
Tampoco puede resolver todos los debates sobre los medios digitales. Las pantallas pueden apoyar el aprendizaje, la comunicación, la creatividad y los vínculos. Al mismo tiempo, una pantalla puede desplazar el sueño, el movimiento, las comidas, la interacción cara a cara o los deberes cuando resulta difícil dejar de usarla. La cuestión de salud no es simplemente si había una pantalla presente, sino cómo encaja su uso en el resto del día.
La literatura científica tiene otra limitación más amplia: muchos estudios sobre tiempo de pantalla son observacionales, utilizan exposiciones declaradas por los propios participantes, combinan edades y dispositivos diferentes y miden resultados distintos. Los ensayos aleatorizados son especialmente útiles, pero son menos numerosos y a menudo breves. Una conclusión responsable debe guardar proporción con la evidencia, en lugar de convertir un ensayo sólido en una teoría completa de la infancia.
Cómo evitar convertir un estudio en una regla familiar
Para quienes intentan entender el hallazgo, la conclusión más defendible es observar los intercambios en lugar de perseguir una cifra perfecta. Conviene preguntar qué está desplazando el uso recreativo de pantallas en el día del niño. Si desplaza habitualmente el sueño, el juego activo, el tiempo con amigos, las comidas o las responsabilidades escolares, ese patrón informa más que un umbral viral separado del contexto.
También es razonable evaluar al hogar completo. El ensayo danés cambió las rutinas de los adultos además de las de los niños. Una regla dirigida solo al niño puede ser más difícil de seguir cuando todos los demás están desplazándose por sus pantallas cerca. El enfoque de plan familiar de la AAP refleja esta realidad: los adultos modelan hábitos y los límites funcionan mejor cuando su propósito está claro.
El reemplazo también importa. Retirar un dispositivo no crea automáticamente un lugar seguro para jugar, un amigo con quien encontrarse, tiempo para supervisar una actividad ni energía después de una jornada escolar larga. El ensayo midió lo que ocurrió en familias capaces de aplicar el cambio; no demuestra que la privación por sí sola produzca una alternativa saludable. El contexto que rodea el cambio forma parte de la intervención.
Por último, un estudio no es un diagnóstico. Si un niño presenta problemas continuos de ánimo, sueño, alimentación, dolor, desarrollo, funcionamiento escolar o conducta, no es seguro atribuirlos al uso de pantallas basándose en un titular. Un profesional clínico puede tener en cuenta la historia y las circunstancias del niño de una manera que un estudio poblacional no puede.
Conclusión
La atención reciente al ensayo danés se basa en un hallazgo genuino: entre 181 niños de 89 familias, una reducción de dos semanas del uso recreativo de pantallas en todo el hogar se asoció con unos 46 minutos diarios adicionales de actividad libre no sedentaria frente a los hábitos habituales de pantalla. Las mediciones fueron más sólidas que una simple autodeclaración y el diseño aleatorizado hace más creíble una interpretación causal.
Los límites son igual de importantes. La intervención fue intensa y breve, y se realizó en una muestra danesa seleccionada. La mayor parte del movimiento adicional no fue necesariamente ejercicio vigoroso. El sueño no mejoró en las medidas objetivas y el ensayo no establece efectos a largo plazo, un límite universal de pantallas ni un tratamiento para problemas de salud o conducta.
Por tanto, la afirmación viral se describe mejor como parcialmente cierta, pero fácil de exagerar. Usar menos pantallas recreativas puede liberar tiempo para moverse. Que eso ocurra, cuánto ocurra y si se mantiene depende del niño, de la familia y de lo que sustituya a la pantalla.
Fuentes
La evidencia principal procede del artículo «Effects of Limiting Recreational Screen Media Use on Physical Activity and Sleep in Families With Children: A Cluster Randomized Clinical Trial», publicado en JAMA Pediatrics: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC9127712/.
El análisis secundario sobre salud mental es «Screen Media Use and Mental Health of Children and Adolescents: A Secondary Analysis of a Randomized Clinical Trial», publicado en JAMA Network Open: https://jamanetwork.com/journals/jamanetworkopen/fullarticle/2821176.
Para el contexto sobre actividad física y conducta sedentaria se consultaron las «WHO Guidelines on Physical Activity and Sedentary Behaviour», de la Organización Mundial de la Salud: https://www.who.int/publications-detail-redirect/9789240015128. También se consideró la revisión sistemática «Analysis of Physical Activity Interventions Related to Screen Time in Children and Adolescents: A Systematic Review of Randomized Clinical Trials», disponible en PubMed: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/40891068/.
El marco práctico sobre hábitos familiares procede de «How to Make a Family Media Plan», de la Academia Estadounidense de Pediatría: https://www.healthychildren.org/English/family-life/Media/Pages/How-to-Make-a-Family-Media-Use-Plan.aspx.
Este artículo ofrece información general y no sustituye una consulta médica profesional. Las preocupaciones personales sobre la salud, el desarrollo, la conducta, el sueño o la medicación de un niño deben comentarse con un profesional clínico cualificado.
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