Un estudio reciente sobre familias estadounidenses con niños en edad preescolar encontró que la lectura compartida informada por los padres disminuyó durante la pandemia y no se había recuperado por completo en 2024. Es fácil convertir ese hallazgo en otra tarea parental: contar libros, proteger la rutina de la noche y preocuparse por si todos están haciendo lo suficiente. Resulta más útil tratarlo como un problema de diseño. Si la lectura se ha ido apartando de la vida familiar, ¿qué haría más sencillo recuperarla?

Un adulto y un niño en edad preescolar comparten un libro ilustrado en un sofá de una sala cálida y luminosa.

La respuesta rara vez consiste en un horario más ambicioso. Las familias pierden tiempo de lectura por motivos corrientes: una recogida que se retrasa, un niño agotado, un adulto que sigue trabajando después de cenar, un pequeño que quiere el mismo libro breve por décima noche consecutiva o un hermano en edad escolar cuyo deberes ha ocupado la mesa. Una rutina que solo funciona durante las tardes tranquilas no es realmente una rutina.

Para la mayoría de los niños de aproximadamente 2 a 5 años, la lectura compartida se entiende mejor como una pequeña actividad social que como una medida de rendimiento. El adulto aporta acceso a los libros y atención. El niño aporta preguntas, movimiento, repeticiones, bromas, negativas y, a veces, una interpretación completamente distinta de la historia. El hábito útil crece de ese intercambio.

Qué dice realmente la nueva investigación

El National Institute for Early Education Research resumió una carta de investigación publicada en JAMA Network Open en agosto de 2026. Los autores analizaron datos representativos a escala nacional sobre la lectura compartida informada por padres con preescolares estadounidenses entre 2020 y 2024. En la primavera de 2020, el 82,5 % de los padres encuestados dijo que leía con su hijo al menos tres veces por semana, frente a una estimación del 84,6 % en la National Household Education Survey de 2019. La frecuencia de lectura se recuperó después en cierta medida, pero siguió siendo inferior en 2024 a la de antes de la pandemia.

Esa comparación requiere cautela. No demuestra que todas las familias lean menos, que todos los niños hayan perdido habilidades de alfabetización ni que las pantallas sean la única causa. Se trata de un patrón poblacional basado en informes de los padres, no de un diagnóstico de cada hogar. El estudio tampoco puede convertir una noche de lectura en un resultado evolutivo garantizado.

El resultado sí señala varios hechos prácticos. La lectura compartida es una rutina que puede alterarse a gran escala. La recuperación no es automática cuando termina una crisis. Y las condiciones que rodean la lectura importan: el tiempo disponible, el acceso a los libros, la energía del adulto, las preferencias infantiles y aquello que compite por la atención.

Los investigadores informaron de que cada 10 libros físicos adicionales en el hogar se asociaban con un 8 % más de probabilidades de lectura compartida frecuente. Es una asociación, no una prueba de que comprar 10 libros vaya a producir un hábito lector. Las familias que leen más también pueden tener más probabilidades de mantener libros cerca, visitar bibliotecas, contar con horarios flexibles o sentirse más cómodas escogiendo lecturas. Aun así, el hallazgo respalda un principio sencillo de diseño: cuanto más fácil sea alcanzar un libro, más probable será que forme parte de un momento cotidiano.

El análisis no encontró una asociación estadísticamente significativa entre el acceso a libros electrónicos y la lectura compartida frecuente. Esto no debe interpretarse como un veredicto contra los libros digitales. Indica que, en ese conjunto de datos, el acceso por sí solo no mostró la misma relación. Un libro digital puede ser útil durante un viaje, cuando se necesita letra grande o audio, o cuando a un niño le atrae un formato concreto. Simplemente no sustituye el diseño de un momento de lectura.

El estudio también halló una asociación negativa entre el tiempo de pantalla y la frecuencia de lectura. De nuevo, esto no establece una historia sencilla de causa y efecto. Las pantallas pueden desplazar la lectura, pero las familias ocupadas o estresadas también pueden recurrir a ellas justo en los periodos en que organizar la lectura resulta más difícil. La lección práctica no es que los padres deban eliminar las pantallas. Es que quizá la familia necesite una transición visible de una actividad a la siguiente.

El objetivo es una invitación repetible, no una cuota

Leer todas las noches suena claro hasta que una familia intenta cumplirlo. ¿Cuenta un libro ilustrado de cinco minutos? ¿Y escuchar un audiolibro mientras se dobla la ropa? ¿Un niño que interrumpe constantemente está participando o no presta atención? Una cuota estricta puede hacer que una actividad compartida se sienta como un examen.

Un objetivo mejor para empezar es una invitación repetible: ofrecer un libro en un momento previsible del día, mantener la sesión lo bastante breve para sobrevivir a la vida real y dejar que la respuesta del niño determine lo que ocurre después. Algunos días la invitación se convertirá en dos libros. Otros, en tres páginas y una conversación sobre dinosaurios. Algunos días será rechazada. La rutina sigue siendo útil si facilita la siguiente invitación.

Para un preescolar, una primera versión razonable podría ser un libro después del baño, uno mientras se espera la cena o un cuento durante los primeros minutos después de llegar a casa. El mejor momento es aquel en que el adulto puede estar presente y el niño no se encuentra ya al límite del sueño o del hambre. La noche es popular porque crea una pausa natural, pero no es la única opción.

Si las tardes son caóticas, cambia la lectura de horario. Un cuento el sábado por la mañana en el sofá, un libro en el coche antes de recoger al niño del preescolar o una lectura breve mientras un hermano pequeño termina la merienda pueden ser más sostenibles que un plan nocturno que acaba repetidamente en frustración. La lectura compartida no tiene que ocurrir en una silla concreta ni a una hora determinada.

También ayuda definir el éxito de forma conductual. Puede significar que el libro estaba disponible, que el adulto leyó en voz alta durante cinco minutos, que el niño señaló una ilustración o que la familia volvió a una historia conocida. No exige que el niño permanezca quieto, responda a todas las preguntas ni termine la trama.

Coloca los libros donde la familia ya hace pausas

El hallazgo sobre los libros físicos encaja con una intervención muy corriente: reducir el número de pasos entre pensar «podríamos leer» y abrir un libro. Deja una cesta pequeña junto al sofá, algunos libros al lado de la cama del niño o una pila rotativa junto a la mesa del desayuno. La colección no necesita ser grande ni cara.

Una biblioteca doméstica útil cumple funciones diferentes. Algunos libros reconfortan y son previsibles. Otros invitan a contar, buscar, nombrar o hacer sonidos. Algunos reflejan la vida, la familia, el idioma o los intereses del niño. Otros ofrecen una mirada a experiencias que todavía no ha vivido. El objetivo no es que cada elección sea educativa. Un niño que quiere un libro sobre camiones de basura ya ha aportado una razón para quedarse en la página.

Usa la biblioteca pública como espacio de prueba. Toma prestados varios formatos en lugar de intentar adivinar qué libro merece un lugar permanente: libros ilustrados sin palabras, textos breves de divulgación, cuentos con rima, libros con frases repetidas e historias que puedan representarse. Las bibliotecas también reducen la presión de terminar o amar cada compra. Devolver un libro que no funciona es información, no un fracaso.

Para las familias con poco espacio, una rotación pequeña puede funcionar mejor que una estantería abarrotada. Deja cinco o seis libros y cámbialos cada una o dos semanas. Permite que el niño conserve en la rotación un favorito conocido aunque el adulto esté cansado de él. La repetición no es tiempo perdido para un niño pequeño: le permite anticipar el lenguaje, reparar en detalles y asumir un papel más activo.

El acceso también incluye el idioma y la capacidad. Busca libros en las lenguas que se usan en casa, ediciones bilingües, opciones con letra grande, páginas resistentes, elementos táctiles o versiones de audio cuando faciliten la participación. El niño no tiene que sostener el libro de la manera habitual ni responder oralmente para que la actividad cuente como lectura compartida.

Deja que el niño elija más veces de lo que parece eficiente

Los adultos suelen escoger libros según lo que creen que un preescolar debería disfrutar. Los niños pueden elegir un libro por una sola imagen, un sonido gracioso, un vehículo, los zapatos de un personaje o una página que quieren volver a mirar. Desde la perspectiva adulta, esas elecciones pueden parecer limitadas, pero generan sentido de pertenencia.

Ofrece una elección pequeña: «¿Quieres el libro del oso o el del tren?». Dos o tres opciones suelen bastar. Demasiadas pueden convertir la lectura en otra negociación. Si el niño escoge un libro que al adulto no le gusta, conviene preguntarse si el problema es la duración, el contenido o simplemente la repetición. Un libro corto y seguro que se lee de buena gana puede aportar más a la rutina que un título aclamado que provoca resistencia.

No hace falta terminar todos los libros. Puedes decir: «Leamos una página más y paramos» o «Este no está funcionando esta noche». Así el niño aprende que los libros están disponibles sin convertirlos en una prueba de resistencia. Si está inquieto, prueba con un libro más corto, invítalo a moverse o lee mientras dibuja. Algunos niños escuchan de pie, jugando con un objeto silencioso o mirando hacia otro lado.

Si un niño se muestra prudente ante las historias desconocidas, combina un libro nuevo con otro fiable. Lee primero el favorito y después prueba unas páginas del título nuevo. Si solo quiere textos de divulgación, usa ese interés como puerta de entrada a las historias. Si prefiere los chistes o los cómics, empieza por ahí. El hábito lector no tiene que comenzar con el género ideal del adulto.

Convierte la lectura en conversación sin convertirla en una clase

La lectura compartida es algo más que escuchar las palabras impresas. La orientación HealthyChildren de la American Academy of Pediatrics anima a los padres a mirar las imágenes con los preescolares, responder a sus preguntas, conectar la historia con su experiencia e invitarles a fijarse en los detalles. La mejor versión de ese consejo es flexible.

Prueba primero con comentarios y después con preguntas. «Ese perro parece preocupado». «La carretera está cubierta de nieve». «Me pregunto adónde van». Un comentario da al niño algo a lo que responder sin crear la sensación de un cuestionario. Cuando una pregunta sea útil, mantenla abierta y fácil de abandonar: «¿Qué notas?», «¿Qué crees que pasará?» o «¿Esto te recuerda a algo?».

No corrijas cada respuesta. Si el niño dice que un personaje está triste y el adulto cree que está cansado, pregunta qué vio en la imagen para pensarlo. La conversación practica la observación y la explicación; no busca identificar la única interpretación aprobada.

Los preescolares también pueden ayudar a contar la historia. Haz una pausa antes de una frase repetida. Deja que el niño aporte un sonido o termine una línea conocida. Pídele que señale un objeto concreto y sigue su interés si el señalamiento se convierte en otra conversación. Un niño que «lee» de memoria está demostrando participación, aunque las palabras no sean exactas.

Con un niño que aprende más de un idioma, usa la lengua que permita la interacción más rica. Nombra los objetos en ambos idiomas cuando resulte natural. Un familiar, cuidador o hermano mayor puede leer en otra lengua del hogar. El valor principal del intercambio no está limitado al idioma impreso en la página.

La edad y la situación cambian el enfoque adecuado

Entre los 2 y los 3 años, los libros con páginas resistentes, imágenes claras, ritmo, repetición y poco texto suelen ser más fáciles de usar. Es normal que el niño pase páginas pronto, señale, nombre objetos y se vaya antes de que termine la historia. Unos minutos de observación atenta constituyen una sesión razonable.

Entre los 3 y los 5 años, los niños pueden disfrutar de tramas más complejas, humor, textos de divulgación, historias sobre emociones y libros conectados con sus intereses actuales. También pueden querer interrumpir constantemente. Dales un papel: buscar un objeto que se repite, hacer un efecto sonoro, anticipar un acontecimiento repetido o pasar las páginas cuando se les invite.

Para los niños con retrasos del habla o del lenguaje, la lectura puede seguir siendo agradable aunque no entiendan cada palabra o no respondan oralmente. La AAP recomienda la repetición, los comentarios sencillos y oportunidades de responder mediante el modo disponible para el niño. Señalar, hacer gestos, usar signos, dirigir la mirada, vocalizar, dibujar o representar una acción pueden formar parte del intercambio. Si un cuidador tiene inquietudes sobre la comunicación, leer juntos puede favorecer la conexión, pero no sustituye una evaluación ni el consejo profesional.

Para los niños con diferencias de atención o un nivel elevado de actividad, elimina la obligación de permanecer en una posición. Lee en tramos más cortos, haz pausas para moverse, elige libros con participación previsible y reduce el ruido que compite por la atención cuando sea posible. Si el niño camina mientras escucha, busca señales de que sigue implicado antes de concluir que la actividad ha fracasado.

Para los niños con necesidades visuales, auditivas, motoras o de otro tipo, adapta el montaje en lugar de tratar la adaptación como una forma inferior de lectura. Usa buena iluminación, describe las ilustraciones, coloca el libro donde el niño pueda verlo, añade objetos táctiles, emplea comunicación signada o elige formatos de audio y digitales accesibles. Cuando sea necesario, pide sugerencias concretas a un especialista adecuado o a un bibliotecario.

Las pantallas pueden formar parte de la solución si la transición es deliberada

Una familia no tiene que convertir la lectura en un referéndum sobre las pantallas. La pregunta más útil es qué está haciendo la pantalla en ese momento y qué tipo de experiencia lectora será posible después. Un vídeo breve antes de dormir puede activar más al niño, mientras que un audiolibro durante un trayecto en coche puede crear una historia compartida cuando un libro impreso no resulta práctico. Son situaciones diferentes.

Si el uso de pantallas está desplazando la lectura, crea un traspaso claro en lugar de confiar cada noche en que un adulto agotado negocie el cambio. Un temporizador visual, una secuencia previsible de «un episodio y después un cuento» o colocar el libro en el mismo lugar donde se guarda el dispositivo pueden ayudar. La regla debe ser lo bastante sencilla para aplicarla con regularidad.

Los libros digitales pueden ser útiles durante los viajes, por accesibilidad, como apoyo lingüístico y para niños motivados por un dispositivo concreto. Los adultos deben comprobar si el formato conserva una interacción compartida entre el niño y el adulto o convierte al niño en un espectador pasivo. No hay que suponer que cada elemento animado mejora la comprensión. A veces una página sencilla y la voz del cuidador ofrecen una conversación mejor.

Las historias de audio también merecen un lugar en el repertorio. Escuchar no es idéntico a mirar la letra impresa, pero puede apoyar el vocabulario, la imaginación y la conexión familiar. Combina el audio con conversación, dibujo, juego o un libro físico cuando encaje con el niño. El objetivo no es obligar a que todos los formatos entren en la misma categoría, sino escoger el que sostenga el tipo de participación que la familia necesita.

Un reinicio de dos semanas sin necesidad de comprar nada

Si la lectura ha desaparecido, empieza con un reinicio pequeño. El siguiente plan es deliberadamente modesto. No es un programa de desarrollo y no promete que el niño vaya a pedir libros de repente todas las noches. Crea varias oportunidades para descubrir qué se interpone.

Días 1 y 2: Encuentra el momento más fácil

Elige una ventana de cinco minutos que ya exista. No inventes una rutina nocturna elaborada. Pon dos libros conocidos al alcance y ofrece una elección. Termina mientras la interacción todavía sea manejable, aunque el niño quiera continuar.

Observa el obstáculo. ¿Tenía hambre, estaba cansado, distraído, preocupado por dejar de jugar o no le interesaban esos libros? ¿El adulto intentaba hacer tres tareas a la vez? La observación resulta más útil que el juicio.

Días 3 y 4: Añade elección y repetición

Mantén disponible el favorito y añade un libro nuevo o uno que antes se ignoraba. Deja que el niño elija. Si vuelve a escoger el favorito, léelo sin tratar la repetición como un problema. Haz un comentario sobre una imagen en lugar de encadenar preguntas.

Días 5 y 6: Cambia el lugar

Prueba a leer en un sitio distinto del habitual: una manta en el suelo, el sofá, una sala de espera o un rincón tranquilo de la cocina. Cambiar de lugar puede separar la lectura de una asociación tensa con la hora de dormir. Mantén la sesión breve.

Día 7: Usa la biblioteca o un libro prestado

Si es posible, visita una biblioteca, usa un bibliobús, intercambia libros con otra familia o descarga un título accesible mediante un servicio bibliotecario. Elige según el interés actual del niño. No hace falta encontrar el libro perfecto. Basta con encontrar uno fácil de probar.

Días 8 a 10: Dale al niño una tarea

Invítalo a hacer un sonido repetido, localizar a un personaje, pasar páginas, señalar colores, representar un movimiento o completar una frase conocida. La tarea debe hacer que el niño forme parte de la lectura, no poner a prueba lo que recuerda.

Días 11 y 12: Incorpora a otro adulto o cuidador

Si hay otro adulto de confianza disponible, deja que lea, cuente la historia a partir de las imágenes o escuche mientras el niño la vuelve a contar. Una voz diferente puede renovar la rutina y hacer posible la lectura cuando la persona habitual está ocupada.

Días 13 y 14: Conserva solo lo que funcionó

Al cabo de dos semanas, conserva el horario más fácil, el formato más satisfactorio y los libros que el niño realmente pide. Elimina las partes que generaron conflictos innecesarios. Una rutina que ocurre durante ocho minutos tres o cuatro veces por semana puede ser una base mejor que un plan exigente que se desmorona después de tres noches.

Qué no se debe deducir de una semana con poca lectura

Que un niño evite un libro no significa necesariamente que vaya retrasado. Que un padre se salte varias noches no borra el valor de las lecturas anteriores. Que una familia tenga pocos libros no demuestra indiferencia hacia la alfabetización. El hallazgo del NIEER describe condiciones desiguales y tendencias generales, no el carácter moral de nadie.

El acceso importa. Las familias pueden estar lidiando con jornadas laborales largas, problemas de transporte, inestabilidad habitacional, barreras lingüísticas, discapacidad, acceso limitado a bibliotecas, estrés, enfermedad o un niño que cuida de un hermano menor. Los consejos que suponen tiempo y dinero ilimitados pueden hacer que una rutina solucionable parezca un fracaso personal.

También es importante no prometer más de lo que permite la evidencia. La lectura compartida se asocia con una interacción rica en lenguaje y se recomienda ampliamente como práctica familiar de apoyo. No garantiza el éxito escolar, un vocabulario avanzado ni una trayectoria evolutiva concreta. Los niños se desarrollan de manera desigual y la lectura es solo una parte de un entorno mucho más amplio.

Cuando un niño tiene dificultades persistentes para oír, ver, comunicarse, comprender el lenguaje, manejar libros o participar en la interacción cotidiana, habla con un pediatra, maestro, profesional del lenguaje, bibliotecario u otro especialista pertinente. La rutina de libros puede adaptarse mientras la familia busca ayuda. No debe utilizarse para explicar por qué existen inquietudes ni para sustituir una evaluación.

La conclusión práctica

La investigación reciente sobre lectura resulta útil porque aparta la atención de la idea de que las familias simplemente tienen que esforzarse más. La lectura compartida disminuyó durante un periodo que alteró las rutinas, y el descenso no se revirtió automáticamente. Recuperarla requiere cambios ambientales pequeños: libros al alcance, elecciones que reflejen al niño, un momento que encaje en el hogar y un adulto capaz de responder sin convertir cada página en una lección.

Empieza con un libro, o con parte de uno, en una hora del día que ya tenga una pausa. Deja que la repetición haga parte del trabajo. Usa las bibliotecas y los formatos accesibles. Permite que el niño se mueva, hable, señale, use signos o vuelva a contar la historia. Si la rutina falla, cambia el montaje antes de culpar a la familia.

Para un preescolar, el hábito lector más duradero puede parecer poco extraordinario: un libro conocido en el sofá, una pregunta que acaba convertida en broma, una página leída dos veces y un adulto disponible el tiempo suficiente para que el niño tome su turno. No es poca cosa. Es el material básico a partir del cual puede crecer una vida familiar alrededor de la lectura.

Fuentes y atribución

La información sobre los datos de lectura compartida procede de Parent-Child Shared Book Reading With Preschoolers During and After the COVID-19 Pandemic, publicado en JAMA Network Open, y del resumen del National Institute for Early Education Research. Las orientaciones sobre lectura con preescolares y niños con necesidades especiales de salud y desarrollo proceden de HealthyChildren.org, de la American Academy of Pediatrics. El contexto sobre los intercambios de ida y vuelta procede del Center on the Developing Child de Harvard University. También se tuvo en cuenta el trabajo de la American Speech-Language-Hearing Association sobre participación parental en alfabetización temprana.